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El calor azul, los “termominerales” y otras formas de timarnos con la calefacción 29 marzo 2010

Posted by Jesús in General.
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Aunque se salga un poco de la línea de este (semiabandonado) blog, no puedo evitar comentar mis peripecias recientes con los sistemas de calefacción, porque la verdad es que la cosa es bastante indignante. Resumiendo mucho, me he alquilado un piso que no tiene calefacción, y me he puesto a investigar qué diferentes sistemas existen y cuál es mejor.

Al ponerme a buscar, no paro de encontrarme referencias al famoso “calor azul” y sus derivados (gel de no sé qué, termomineral de no sé cuántos), que se acaban resumiendo como emisores térmicos de “bajo consumo” (y no lo pongo entre comillas por casualidad). La moto que venden con estos sistemas es que llevan un material acumulador de calor, que permite poner en marcha la resistencia que llevan sólo durante un tiempo, ya que el resto funcionan con el calor acumulado y, por tanto se ahorra energía respecto a los sistemas que están en marcha todo el rato. Es más, el comercial que me atendió en el Leroy Merlin hasta me hacía un análisis cuantitativo diciéndome cuántos minutos de emisión “por la cara” tenía por cada 10 minutos de activación de la resistencia: 10-15 con radiador de aceite, 20-25 con gel/calor azul y hasta 50 con unos pedrolos que les llamaba “termominerales” que se supone son lo más de lo más.

¿Dónde falla este aparentemente maravilloso sistema? Pues en que vulnera un pelín las leyes de la física, que dicen, entre otras cosas, que la energía no puede crearse de la nada. Y si yo caliento 10 minutos un material y me está emitiendo calor 50 minutos, estamos creando energía en alguna parte. Como no recuerdo que a ningún fabricante de radiadores le hayan dado un premio Nobel de Física últimamente por conseguir superar las leyes de la termodinámica, me temo que la explicación es bastante sencilla: para que el material emita calor 50 minutos desde que se apaga la resistencia, tiene que haber estado también 50 minutos calentándose. Vamos, que los primeros 50 minutos el calor lo absorbe el material (y no el ambiente), de ahí que tenga una cierta “reserva” para cuando se apaga la resistencia. Otra posibilidad: el calor emitido esos 50 minutos es bastante menor que el que se le ha proporcionado.

En cualquier caso, ¿dónde está aquí el bajo consumo? Pues en ninguna parte. En todo caso, el menor consumo respecto a otros sistemas se debe a cosas que tienen poco ver con lo que cuentan: generalmente, y a diferencia de otros calefactores que están encendidos el 100% del tiempo, estos trastos llevan un termostato, que hace que se vaya monitorizando la temperatura y se apague/encienda la resistencia en función de si la temperatura ambiente ya es agradable. También suelen ser programables, poniéndose en marcha o no a según qué horas en función de si se está en casa o no, si se está durmiendo, etc. Esto sí que supone un ahorro de consumo importante, pero no es nada exclusivo de esta tecnología, y en ningún caso justifica el salto de precio que tienen este tipo de sistemas (300 eur/radiador contra 60-70 de un radiador de aceite normal).

Lo triste del caso es que la cosa está tan arraigada, y se nos ha machacado tanto con las (falsas) bondades de estos trastos, que es muy difícil salir de la rueda, y a día de hoy he sido incapaz de encontrar unos simples radiadores de pared con termostato que no se vayan a precios “azules”. Evidentemente el pastel es jugoso, y todos los fabricantes se han subido al carro.

¿Conclusión? Que, si no se dispone de gas en la vivienda, toca pasar por el aro. En ese caso, lo más recomendable es no dejarse engañar por las palabrerías y comprarse simplemente los más económicos, fijándose más en las características de termostatos y programadores que en lo “azules” que sean o lo fantabuloso que sea su supermaterial acumulador.

Y, si se dispone de gas, nada supera hoy en día a una caldera de las de toda la vida, con radiadores de agua. Es mucho más eficiente calentar las cosas quemando directamente gas que quemando el gas en una central, que luego te envía energía eléctrica, que luego se convierte en calor. Cuantos más pasos más pérdida de eficiencia, y aunque para el consumidor parezca lo mismo, no lo es, y donde al final se nota es en la factura.

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